La historia de la humanidad se divide a menudo en épocas de razón y épocas de histeria. La crisis del COVID-19 será recordada como una de estas últimas, un periodo en el que el miedo fue destilado y administrado de forma tan eficiente que logró anular el instinto de precaución de millones de personas. Bajo una apariencia de "valentía" ciudadana, se ocultaba en realidad una cobardía inducida: el miedo al virus, el miedo al vecino y el miedo a la exclusión social. Este sentimiento fue el motor que impulsó a la población a participar en un experimento médico sin precedentes, cuyas costuras empiezan hoy a deshilacharse.
1. El abandono del tratamiento: Una omisión deliberada
Desde los tiempos de Hipócrates, el pilar de la medicina ha sido el tratamiento del enfermo. Ante cualquier patología, el médico busca fármacos para curar. Sin embargo, en 2020, el mundo asistió a una anomalía histórica: se prohibió o se desaconsejó activamente la búsqueda de tratamientos tempranos. Mientras médicos de primera línea reportaban éxitos con fármacos reposicionados, económicos y de baja toxicidad, las autoridades sanitarias impusieron un protocolo de "espera vigilante": paracetamol y aislamiento hasta que el paciente no pudiera respirar.
¿Por qué se abandonó la curación en favor de la prevención futura? La respuesta es económica. Legalmente, para que una vacuna reciba una Autorización de Uso de Emergencia (EUA), no debe existir un tratamiento alternativo eficaz disponible. Reconocer que el COVID-19 tenía cura o protocolos de manejo efectivo habría invalidado el despliegue masivo de las vacunas experimentales y, por ende, el negocio más lucrativo del siglo XXI.
2. El factor económico: La salud como modelo de suscripción
El desarrollo de una vacuna segura requiere tradicionalmente entre 5 y 15 años. Es el tiempo necesario para observar efectos genéticos, autoinmunes o reproductivos que no aparecen en unos pocos meses. Sin embargo, las farmacéuticas, respaldadas por una inversión pública masiva, lograron comprimir este tiempo a menos de un año.
Este hito no fue una victoria de la ciencia, sino de la logística y el blindaje legal. Las compañías farmacéuticas negociaron contratos secretos con los Estados que les otorgaban inmunidad legal total ante cualquier efecto adverso. Por primera vez, el fabricante no asume el riesgo de su producto; el riesgo lo asume el cuerpo del ciudadano. Al convertir la vacuna en una necesidad recurrente (dosis de refuerzo), se transformó un problema de salud en un modelo de suscripción vitalicio, donde el paciente deja de serlo para convertirse en un cliente cautivo del que dependen sus derechos civiles.
3. Las voces de la disidencia científica: Malone y Montagnier
No fueron solo ciudadanos escépticos quienes alzaron la voz, sino los propios arquitectos de la virología moderna. El Dr. Robert Malone, uno de los científicos que participó en la invención de la tecnología de ARNm en los años 80, se convirtió en una de las figuras más críticas. Malone advirtió que la proteína de la espícula (spike) generada por la vacuna no permanecía en el brazo, sino que viajaba por el organismo, pudiendo causar daños en órganos vitales. Su decisión personal de no vacunar a sus nietos es el testimonio más contundente de un experto que conoce los riesgos de una tecnología que considera inmadura para la población infantil.
Por otro lado, el fallecido Premio Nobel Luc Montagnier, codescubridor del VIH, denunció que la vacunación masiva en plena propagación del virus era una "aberración científica". Según Montagnier, esta presión selectiva obligaba al virus a mutar más rápido, creando las propias variantes que luego se usarían para justificar más vacunas. Montagnier murió siendo vilipendiado por el establishment, pero sus advertencias sobre la seguridad a largo plazo y la alteración del sistema inmune resuenan hoy con más fuerza que nunca.
4. Valentía por cobardía: La psicología de la masa
El título de este artículo refleja la paradoja del vacunado por miedo. Muchos ciudadanos se sintieron "valientes" al ofrecer su brazo, creyendo que estaban salvando al mundo. Pero esa valentía nacía del terror sembrado por los medios de comunicación y las restricciones gubernamentales. Se utilizó el miedo para que la gente aceptara lo inaceptable: un fármaco no testado suficientemente, sin transparencia en sus ingredientes y con efectos secundarios que, aunque hoy se admiten (como la miocarditis o los trastornos neurológicos), fueron inicialmente negados.
La presión social actuó como un mecanismo de control: quien no se vacunaba era un "insolidario" o un "peligro público". Esta polarización sirvió para ocultar la falta de datos científicos sólidos y para que la gente no se preguntara por qué, si la vacuna era tan efectiva, se necesitaba coaccionar a la población para que se la pusiera.
5. Un futuro bajo sospecha
Hoy, con millones de dosis administradas, empezamos a ver las consecuencias de este salto al vacío. El aumento de patologías cardiacas en jóvenes, las alteraciones en la fertilidad y el exceso de mortalidad no explicada en muchos países occidentales son señales que la medicina oficial intenta ignorar.
La verdadera lección de esta crisis es que la ciencia, cuando se mezcla con el beneficio corporativo ilimitado y el poder político, deja de ser ciencia para convertirse en dogma. La verdadera valentía no estuvo en seguir la corriente por miedo a las multas o al rechazo, sino en aquellos que mantuvieron la duda metódica, exigieron tratamientos en lugar de experimentos y recordaron que el cuerpo humano no es propiedad del Estado ni de ninguna farmacéutica.
Albarisimo

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