La mayoría de la gente está muy equivocada con la filosofía. Piensa que se trata de una actividad especulativa sin ninguna incidencia real sobre la vida práctica, un ejercicio de pura abstracción que no tiene ningún peso en los grandes acontecimientos de la historia ni influencia en las obras tangibles y funcionales que nos rodean diariamente. Lo más común es creer que la reflexión filosófica permanece en su propio plano, hermética, incomunicada, sin llegar a mezclarse nunca con el plano pragmático. Pero es justo todo lo contrario. No hay ningún muro existencial que mantenga separados esos dos planos, que permita una división clara y precisa, y de hecho ni siquiera se puede hablar de dos planos diferentes. Todo lo que la filosofía secreta cuando exprime la mente de algunos grandes pensadores cae sobre la marcha en la tierra y la fecunda para bien o para mal. Los hombres caminan sin saberlo entre cosmovisiones crecidas de esa fecundación, se tropiezan con ellas, comen de sus frutos y a veces viven adorándolas sin sospecharlo. No importa que un hombre no haya leído ni una sola página de filosofía o que no pueda nombrar a cinco grandes pensadores en la historia, siempre se encontrará bajo el influjo de filosofías milenarias, centenarias o actuales que han permeado el mundo en el que vive y que operan bajo formas insospechadas y a menudo triviales. El mundo está lleno de epicúreos que no conocen a Epicuro, de nihilistas que no han leído a Nietzsche, de nominalistas que no han oído hablar de Ockham. Discípulos inconscientes de maestros muertos, pero discípulos al fin y al cabo.
Entre todas esas filosofías se encuentra el realismo aristotélico-tomista. ¿Cuáles son la consecuencias reales y palpables de haberla abandonado o haberla relegado a un segundo plano? Bueno, están por todas partes, nos rodean y nos tocan diariamente, las respiramos. La ideología de género, por ejemplo. ¿Cómo es posible que millones de personas en el mundo hayan llegado a creer que la autopercepción es el criterio de la realidad, que no existe una verdad ontológica independiente de nuestros deseos, voluntades y percepciones? Es posible porque el nominalismo y posteriormente el idealismo filosófico se fueron imponiendo en Occidente a medida que iban desplazando al realismo tomista. Es posible porque se cambió de filosofía y se olvidó a santo Tomás de Aquino.
Tal vez alguno dirá que no hace falta apoyarse en una filosofía para reconocer que las cosas tienen una realidad independiente del sujeto que las percibe, que es algo demasiado evidente, una perogrullada del sentido común. Pero la historia demuestra lo contrario. Existe en el hombre una morbosa tendencia a negar lo que no puede controlar, a despreciar todo aquello que es más poderoso que él o que no se pliega a su voluntad. Si una realidad no le interesa, si no coincide con sus deseos y caprichos, la trata de impostora y se fabrica otra. El idealismo filosófico trata de justificar esa tendencia, y como es una tendencia ínsita en el ser humano, a lo largo de la historia el idealismo siempre ha estado presente de una forma u otra.
Platón trató de contrarrestar esa tendencia y aportar un anclaje a la realidad. Un error común entre las personas que no han estudiado filosofía pero han oído hablar vagamente de Platón, es el de considerar que era un filósofo idealista. Escuchan o leen su nombre asociado a su famosa teoría de las ideas, y concluyen que se trata de un idealista. Pero de hecho Platón no sólo no era un idealista, sino que era un realista exagerado. Para defender la independencia de la realidad, su objetividad ontológica, propuso que cada cosa participa de una idea subsistente que permanece en un mundo aparte, no en el mundo material. Por ejemplo, cada mesa concreta es un reflejo de la “mesidad” subsistente que se encuentra en el mundo de las ideas, una mesa arquetipo que es real, inmaterial, eterna e inmutable. Con eso salvaba la realidad extramental de las cosas, pero Platón se pasó de frenada en su defensa.
Aristóteles prefirió defender la realidad de una manera diferente y que parece mucho más natural. Para el Estagirita, la forma sustancial —lo que para Platón era la idea de la cosa— no se encuentra en un mundo inmaterial aparte, sino en la cosa misma, unida a la materia. Su teoría del hilemorfismo sostiene que forma y materia no son dos sustancias que se combinan para formar un solo ser, sino dos principios constitutivos de una misma sustancia. Así, la forma sustancial de la mesa, su “mesidad”, se encuentra unida a la materia que percibimos y forma con ella una sola sustancia individual. De ese modo la realidad extramental queda salvada sin necesidad de fragmentarla en dos mundos distintos, lo que a su vez tiene ventajas epistemológicas, ya que entre nuestro conocimiento y lo cognoscible no se abre una brecha tan colosal. Lo real permanece en nuestro mismo plano, accesible en toda su plástica concreción.
Pero el interés por la filosofía de Aristóteles entró en una larga hibernación de siete siglos. Durante ese tiempo, en Europa hubo cierta propensión al monismo espiritualista, lo que irremediablemente siempre implica cierto desprecio gnóstico a la materia. Entre los siglos IX y XII, filósofos árabes como Al-Farabi, Avicena y Averroes, y judíos como Maimónides y Avicebrón, comentaron e interpretaron cada uno a su manera las obras de Aristóteles. El Estagirita volvió a estar de actualidad, el interés hacia su obra comenzó a cundir por todo el Mediterráneo intelectual y por primera vez en muchos siglos Platón no colmaba toda la atención filosófica. Los teólogos católicos podrían haber dejado que los filósofos árabes y judíos manosearan el pensamiento de Aristóteles, que se quedaran con el monopolio de su interpretación, pero una de las características de la religión católica es que nunca desprecia una verdad cuando la reconoce, aunque esté en boca de un pagano. En vez de prohibir la lectura de Aristóteles, de considerar que estaba contaminada por sarracenos y marranos, decidió recomendarla para extraer y salvar la verdad del maremágnum de tergiversaciones. San Alberto Magno fue uno de los primeros en hacerlo. Se sumergió por completo en la obra de Aristóteles, la estudió de forma exhaustiva, la tradujo, la comentó, la ordenó. Si hubiera encontrado todo ese trabajo ya hecho antes de él, podría haber invertido todo su tiempo en intentar integrar el aristotelismo en la teología cristiana, puliendo las aristas y desechando lo que no era compatible. Pero ese trabajo no estaba hecho, y alguien tenía que hacerlo. San Alberto Magno hizo la mise en place de la filosofía aristotélica para que alguien después de él pudiera cocinar la síntesis perfecta. Y ese alguien fue un alumno suyo. Un alumno extremadamente reservado, que apenas abría la boca en clase, y que debido a esa reticencia y a su llamativa corpulencia física fue apodado por sus compañeros «El buey mudo». Algunos biógrafos atribuyen a san Alberto Magno esta profecía lanzada a sus alumnos: «Vosotros lo llamáis El buey mudo, pero su mugido resonará por todo el mundo».
Tomás de Aquino nació en 1224 o 1225, en Roccasecca, un pequeño pueblo del Reino de Sicilia —Italia como Estado todavía no existía—. Era el menor de nueve hermanos, y tanto por línea paterna como por línea materna descendía de la alta nobleza feudal. A los diecinueve años, contra la voluntad de toda su familia, decidió unirse a la orden de los dominicos. De camino a Roma para formarse en la orden, sus hermanos lo secuestraron y lo llevaron a los castillos familiares de Monte San Giovanni, donde lo tuvieron retenido durante un año. Allí intentaron frustrar por todos los medios la vocación de Tomás. Incluso contrataron a una prostituta para que entrara en la habitación del benjamín y lo sedujera, pero la reacción de Tomás fue bastante contundente: cogió un tizón encendido de la chimenea y lo blandió contra la prostituta, amenazándola con utilizarlo si se atrevía a acercarse. La ramera puso pies en polvorosa, claro, y a continuación Tomás marcó una cruz en la pared con el mismo tizón con el que había defendido su castidad.
Tiempo después logró escapar del secuestro familiar para dirigirse a Nápoles y formarse en la orden de los dominicos. Desde allí lo enviaron a estudiar a la Universidad de París, el mejor centro académico de la época, donde uno podía ser alumno de los pensadores y teólogos más reconocidos de toda Europa. Fue allí, de la mano de Alberto Magno, donde comenzó a leer y a estudiar profundamente la obra de Aristóteles. En el Estagirita encontró una mente afín, una constitución intelectual muy parecida a la suya, con una rara capacidad para abarcar sistemas de pensamiento colosales y mantener en todo momento la visión de conjunto. Con apenas treinta años ya es maestro de teología en la Universidad de París y comienza a publicar sus primeras obras de carácter didáctico, manuales para uso de sus alumnos como De ente et essentia. Su reputación intelectual no tardó en extenderse por toda Europa. El Papa Urbano IV lo nombró su consejero personal, y desde todas partes acudían a él para resolver las cuestiones teológicas más sutiles, para responder a los errores de averroístas, antimendicantes e idealistas neoplatónicos. Entre 1265 y 1274 crea su obra magna, uno de los tratados de mayor derroche intelectual que se hayan escrito jamás: la Suma Teológica. Cerca de tres mil artículos, cada uno de ellos con sus objeciones y sus respuestas (unas 20.000), donde se van tratando las cuestiones más complejas y profundas que se haya podido plantear la humanidad. La obra está dividida en tres partes, aunque la segunda se subdivide en dos secciones: Prima secundae y Secunda secundae. A la vez, cada parte se subdivide en cuestiones, y cada cuestión en varios artículos, con sus correspondientes objeciones y respuestas.
La sensación que uno tiene al leer la Suma Teológica es la de haber entrado en una especie de sistema solar del pensamiento, en una danza cósmica del raciocinio, donde las conclusiones filosóficas gravitan alrededor de las doctrinas cristianas, las doctrinas cristianas alrededor de los dogmas y los dogmas alrededor de Dios. Tomás de Aquino mueve todos esos satélites y planetas, hace que roten sobre sí mismos al mismo tiempo que describen descomunales órbitas elípticas sin llegar a estorbarse nunca. El resultado es un vertiginoso espectáculo de armonía, una abrumadora mezcla de belleza e inabarcabilidad.
Cualquiera que haya estudiado algo de teología, aunque sea superficialmente, sabe lo difícil que es tratar una sola cuestión sin caer implícitamente en errores sobre otras cuestiones que no se estaban abordando. La inmensa variedad de materias —pues la teología católica trata de todo sub ratione Dei— y su interconexión unitaria hacen que los teólogos deban andar con pies de plomo para no caer inadvertidamente en errores doctrinales cuando abordan una única cuestión. Es muy común que al tapar la cabeza de una doctrina se destape los pies de otra. Uno puede estar defendiendo la gracia preveniente y sin darse cuenta, por una simple palabra inapropiada, negar implícitamente la circumincesión.
Pues bien, en la Suma Teológica santo Tomás de Aquino no trata una única cuestión, ni dos, ni tres, sino quinientas doce. La cantidad de fricciones posibles aumenta exponencialmente, y sin embargo todo está perfectamente acoplado, los teólogos mejor preparados apenas pueden encontrar incoherencias o leves contradicciones sin importancia en toda la obra. En cada cuestión que trata, en cada artículo, en cada respuesta a la objeción, Tomás de Aquino parece llevar consigo todo el gigantesco sistema que ha creado, tener en cuenta cada una de las palabras que ha utilizado, cada consecuencia, cada implicación, e integrar lo que va a decir en todo ese inmenso conjunto. De hecho, a lo largo de toda la obra nos remite con mucha frecuencia a lo que ha escrito anteriormente o a lo que escribirá después cuando viene al caso, indicándonos la ubicación exacta dentro de la obra. Lo que he dicho: una danza cósmica del raciocinio.
Pero no sólo está explicando la doctrina católica, o comentándola tal como la había recibido, sino que a la vez está integrando la filosofía de Aristóteles en esa doctrina, o al menos todo lo que es compatible. Santo Tomás creía que muchos puntos del aristotelismo servían para fundamentar mejor algunos dogmas y puntos doctrinales. La teoría del hilemorfismo, por ejemplo, es mucho más compatible con la antropología y la escatología cristiana, con el dogma de la Resurrección de la Carne y con el Juicio Final, que cualquier otra teoría filosófica. Explica que el cuerpo del hombre no es una cáscara provisional que aprisiona al alma durante su estancia en la tierra, sino una parte constitutiva del ser humano. Es cierto que el alma del hombre puede subsistir separadamente, sin estar unida al cuerpo, pero esa subsistencia no es el hombre completo. Por eso es lógico que en el Juicio Final el hombre se presente en alma y cuerpo, y que sea condenado o salvado en esa unión hilemórfica. Una visión dualista, y ya no digamos monista, es incapaz de explicar la necesidad de resucitar en cuerpo y alma.
Y esta cuestión del hilemorfismo lleva aparejada la del realismo moderado, es decir, la convicción de que los universales existen, que se encuentran en los seres particulares, y por lo tanto que la realidad tiene una objetividad independiente de nuestra percepción. Todo lo que vemos está compuesto de materia y forma, y en esa unión arraiga su esencia y realidad, que no depende del entendimiento o de la voluntad del hombre. Podemos taparnos los ojos, negar esa realidad, crear teorías contra ella, pero allí sigue, imperturbable. Entonces, ¿cómo hemos llegado al estado actual, a esta procesión secular de ideologías totalmente enajenadas de la realidad? Bueno, tras la muerte de santo Tomás de Aquino llegaría Ockham con su nominalismo, negando los universales y abriendo la grieta por donde entraría posteriormente el subjetivismo epistemológico y el relativismo moral. Poco más de dos siglos después llegaría Descartes con su dualismo y su división entre res cogitans y res extensa, y tras él toda la cohorte de filosofastros que de una manera u otra hacían depender la realidad de la conciencia y el pensamiento. El tomismo fue apartado como una antigualla que ya no servía para nada, y el mundo quedó expuesto a sucesivas ideologías: positivismo, socialismo, liberalismo, constructivismo, progresismo, etc.
Ahora tan sólo estamos siendo testigos de la última consecuencia de ese abandono del realismo aristotélico- tomista, tal vez la más surrealista por negar directamente realidades biológicas. Hombres que afirman ser mujeres y mujeres que afirman ser hombres, personas que no se identifican con ninguno de los dos sexos, adultos que se autoperciben como bebés y caminan a cuatro patas mientras balbucean, gente que niega pertenecer a la especie humana, madres que niegan llevar dentro un ser humano, relativistas que no creen en un bien objetivo y universal. La lista es interminable y nos ofrece el panorama de un delirium tremens colectivo. La inmensa mayoría de los que lo padecen no sabe qué es el nominalismo, ni el cartesianismo, ni el kantismo, no se imagina que su percepción alterada de la realidad es el último resultado práctico de antiguas doctrinas filosóficas, pero no por eso es menos cierto que procede de ellas.
Por eso es tan importante volver al realismo aristotélico-tomista, volver a poner todo lo existente en su lugar y reconocer su ontología. Por supuesto, no me imagino a gran parte de la población leyendo al Aquinate de primera mano o enfrascándose en sutiles debates escolásticos. La vuelta al realismo debe estar inspirada por santo Tomás de Aquino, pero no es necesario y es poco realista pensar que se realice estudiando su doctrina en masa. Es el espíritu de ese realismo —y esto no es un oxímoron— el que debe calar de nuevo en todos los ámbitos de la vida social, el que debe volver a confundirse con el sentido común y la naturaleza. Ni siquiera es necesario que los filósofos defiendan ese realismo con la misma terminología. Es posible que surjan nuevas formas de expresarlo, que se adapte al lenguaje actual y encuentre términos más apropiados y accesibles. Lo importante es que, en lo
sustancial, la realidad y veracidad de la Creación impregne nuevamente la mentalidad del ser humano, de modo que el hombre vuelva a reconocerse a sí mismo y a su Creador.
Alonso Pinto
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