Reducido a su más perversa y frecuente versión, el nervio del asunto lleva a afirmar que solo importan las verdades de fondo, robustas, sólidas, algo que pueda entender todo el mundo, aquello que pueda contarse suscitando una emoción básica, que los detalles son alpiste, ganas de despistar. A poco que se repare, nos encontramos con una epistemología de la credulidad: basta estar en el lado correcto de la batalla para tener siempre razón, sea lo que fuere de lo que se discuta. No suele decirse, pero el procedimiento señala un camino dorado para la beatitud, porque si aciertas a instalarte en el lado luminoso, las multitudes te darán la razón, siempre tendrás a tu disposición una porción suculenta de verdad apetecible, y nunca te sentirás solo.

Desde el punto de vista del receptor, la estrategia de primar el ‘relato’ antes que la argumentación supone una apuesta clara por el conformismo y la comodidad
Resulta curioso, aunque tal vez no tanto, que esta forma de valorar la comunicación, de enfrentarse a las cosas, se haya podido imponer al tiempo que circulan abundantemente hipótesis bastante contrarias: que la realidad es compleja, que la información disponible tiende al infinito, o que todo es “relativo”. Desde el punto de vista del receptor, la estrategia de primar el relato antes que la argumentación supone una apuesta clara por el conformismo y la comodidad, una reafirmación de los prejuicios de cada cual sobre cualquier posibilidad que nos arruine nuestra buena y complaciente conciencia. Tal vez lo más curioso del caso es que abunden los relatos que pretenden ser embajadores de alguna supuesta “ciencia”, olvidando la sanísima conseja del gran Feynman, que, por lo pronto, la ciencia comienza cuando dejamos de creer en lo que se nos cuenta.
Los argumentos no llaman a la sensibilidad sino a algo más trabajoso, a la racionalidad crítica, y eso tiene bastante mala prensa en los ambientes en que tienden a imponerse los forofos, la gente que domina el relato coherente, la consigna dura, el epíteto contundente. Los relatos apuntan siempre a un mundo perfecto, nos explican el malestar que padecemos y nos señalan con nitidez al malo de la película, por ello nos mueven a actuar y nos hacen sentirnos protagonistas además de que siempre parecen dar bastante más de lo que nos piden (lo que para un público semiavisado debería ser automáticamente indicio de sospecha).
Argumentar es algo más exigente que contar historias, de la misma forma que escribir una gran novela es algo ligeramente más arduo e inhabitual que emborronar trecientas páginas
Argumentar es algo más exigente que contar historias, de la misma forma que escribir una gran novela es algo ligeramente más arduo e inhabitual que emborronar trecientas páginas en plan X (póngase el autor plomo y pedante de su preferencia). Así sucede que cuando está preferencia por lo sentimental penetra en la política, y es inevitable que lo haga, las propuestas inteligentes desaparecen y los argumentos con peso ceden el paso a cualquier cosa fácil de sostener y que se ofrezca con una melodía euforizante.
Da igual el nombre que se le ponga al fenómeno (mi predilecto es peronismo, pero no pretendo convencer a nadie), porque lo que acaba sucediendo es que esa clase de munición termina por convertir a la política en una pura contienda, le arrebata su función civilizadora y la priva del arma decisiva, de la palabra y el argumento, de la reflexión, de comparar la realidad con lo que se nos cuenta, de tomar la medida exacta a los desmanes y aquilatar el esfuerzo y el precio que habría que pagar por los supuestos remedios. Se llega así al paroxismo, a que importe más el triunfo de los buenos de la película que la paz civil, a que se valore más la majeza que la responsabilidad, a que se difumine cualquier clase de límites en aras del éxito del relato, porque ¿cómo vamos a consentir que la realidad, la ley o el respeto a los demás nos priven de realizar nuestros sentimientos sin los que parece que no se puede vivir?

Las ‘nuevas religiones’ no parecen dispuestas a aceptar ese sanísimo retiro al ámbito de lo privado y pretenden imponer una nueva teología de la ecología, del feminismo, o de la causa que se prefiera
En nuestra historia común el relato máximo se ha llamado siempre religión, y la historia de la democracia liberal puede contarse como el intento exitoso de separar la política de la religión, pero las “nuevas religiones” no parecen dispuestas a aceptar ese sanísimo retiro al ámbito de lo privado y pretenden imponer una nueva teología de la ecología, del feminismo, o de la causa que se prefiera. Como el ámbito de los relatos, siempre crédulos y acríticos, tiende a separarse de la racionalidad, ocurre que acaba por no importar en absoluto que lo que efectivamente se hace sea contrario a lo que se afirma, como cuando unos pacifistas la emprenden a mamporros y pedradas con la policía, por ejemplo.
Decía, con fina ironía, Bertrand Russel que la lógica era el arte de no sacar conclusiones, pero esa exigencia de rigor suele ser demasiado para los que demandan a toda hora relatos, esas formas de ver el mundo en las que, mágicamente, las conclusiones preceden a las premisas. En esto consiste la filosofía de Goebbels, el milagro demoníaco de que la repetición de una mentira, su conversión en relato, la convierta en verdad.