EL HOCEIMA, MARRUECOS - 4 DE NOVIEMBRE DE 2016: cientos de personas salen a las calles de la región del Rif tras la muerte de Mouhcine Fikri, un pescadero que murió aplastado en un camión de basura.
En un mundo donde las fronteras se difuminan por intereses geopolíticos, el Rif emerge como un recordatorio crudo de cómo un régimen autoritario puede sofocar a un pueblo entero en nombre de la unidad nacional. Como humilde analista que ha denunciado incansablemente las prácticas expansionistas de Marruecos —desde su robo del Sáhara Occidental hasta sus codiciosas miradas hacia las Canarias—, hoy quiero centrarme en el trato inhumano que Rabat reserva a los rifeños. Esta región del norte de Marruecos, habitada mayoritariamente por bereberes con una identidad cultural milenaria, no es solo un enclave geográfico, sino un símbolo de resistencia contra un Estado centralizador que impone su voluntad a sangre y fuego. Entender el Rif no es un ejercicio académico; es esencial para desmontar la fachada de Marruecos como «aliado estable» y exponer su verdadero rostro teocrático y opresor.
Retrocedamos al origen de esta injusticia. En 1956, tras la independencia formal de Marruecos, el régimen alauí invadió el Rif de manera ilegítima e imperialista. Esta región, conocida históricamente como «berbería», había sido independiente de los sultanatos de Fez y Marrakech, el núcleo del Marruecos francés. Bajo el protectorado español —impuesto por tratados como el de Tetuán en 1912 y la Conferencia de Algeciras en 1906—, el Rif mantuvo una soberanía efectiva sin integración real en Marruecos. Era un territorio colonizado, pero no marroquí. Abdelkrim El Khattabi, héroe de la Guerra del Rif en los años veinte, luchó contra España y Francia no por unirse al sultán marroquí, sino por una República rifeña soberana, basada en la unión de tribus bereberes. Abdelkrim, incluso en el exilio en Egipto, rechazó cualquier vínculo con el régimen alauí.
Sin embargo, en 1956, los sultanes marroquíes, con el beneplácito de Francia, Estados Unidos y la connivencia española, ocuparon el Rif violando el principio de uti possidetis iuris, que respeta las fronteras coloniales en la descolonización. Esta invasión no fue una «integración voluntaria», sino un acto colonial que alteró límites heredados, consolidando un orden injusto sin consultar al pueblo rifeño. Fuentes históricas confirman que el Rif, bajo protectorado español hasta 1956, fue incorporado por Marruecos en un contexto de tensiones postcoloniales, lo que muchos ven como una anexión forzada. Fue el preludio de tácticas similares en el Sáhara Occidental dos décadas después, una expansión disfrazada de unidad nacional. Desde entonces, el Rif ha sido tratado como una colonia interna, con represión sistemática, para diluir su identidad bereber y someterla al arabismo centralizado de Rabat.
La respuesta rifeña no se hizo esperar. En 1958, estalló un levantamiento masivo liderado por Sellam Amezian, un movimiento histórico por la autodeterminación que unió tribus históricamente fragmentadas. Las demandas eran claras: salida de las fuerzas marroquíes, retorno de Abdelkrim, un gobierno independiente, reformas judiciales y educativas, y protección de la identidad rifeña. Presentaron un programa de 18 puntos que reclamaba justicia social, autonomía cultural y económica. Los insurgentes, mal armados, infligieron derrotas iniciales al ejército marroquí, pero la respuesta fue brutal. Bajo órdenes de Mohamed V y supervisada por el príncipe Hassan (futuro Hassan II) y oficiales franceses, se desató una represión feroz. Torturas, desapariciones, ejecuciones masivas, bombardeos aéreos y uso de fuerza desproporcionada contra civiles (reconstrucción histórica de la represión). Mohamed Oufkir, el verdugo del régimen, orquestó masacres que dejaron la región militarizada y devastada. Esta represión, documentada como sistemática e intencional, incluyó bombardeos que marcaron un «año de plomo» para el Rif, con consecuencias duraderas en la memoria colectiva.
Este «año de plomo» inauguró décadas de subdesarrollo forzado. El cierre de la frontera con Argelia en 1958 agravó la crisis económica, mientras Rabat cerraba instituciones educativas, destruía infraestructuras y fomentaba la emigración rifeña a Europa para «colonizar» la zona con poblaciones leales. El legado: comunidades desplazadas, economía arrasada y heridas psicológicas que persisten. Hoy, el Rif sigue marginado, con tasas de pobreza elevadas, desempleo juvenil rampante y una discriminación cultural que ignora el idioma amazigh, oficial en teoría pero marginado en la práctica.
Esta opresión no ha cesado; se ha modernizado. En la última década, el movimiento Hirak ha revivido las demandas de 1958. Surgió en 2016 tras la muerte trágica de Mouhcine Fikri, un vendedor de pescado aplastado en un camión de basura por confiscar su mercancía —un símbolo de corrupción y brutalidad policial—. Líderes como Nasser Zafzafi galvanizaron protestas pacíficas exigiendo mejoras en servicios públicos, desarrollo económico y respeto a la identidad bereber. Zafzafi, nacido en 1983 en Imzouren, se convirtió en un símbolo de resistencia con su retórica apasionada contra la corrupción, discriminación y falta de oportunidades. Abogó por mayor autonomía y autodeterminación, movilizando comunidades enteras.
La respuesta de Rabat no se hizo esperar, en 2017, Zafzafi fue arrestado y condenado a 20 años de prisión por «disturbios y desobediencia», en juicios injustos marcados por falta de imparcialidad. Junto a otros activistas, enfrenta detenciones arbitrarias, violencia policial y censura. Amnistía Internacional y Human Rights Watch han documentado el uso excesivo de fuerza, acoso a periodistas y restricciones a la libertad de expresión. La militarización de Alhucemas —con tropas y policía incrementadas— busca intimidar y desmantelar cualquier resistencia. Estas tácticas son idénticas a las usadas en el Sáhara Occidental: detenciones sin proceso, brutalidad contra protestas pacíficas y negación de autonomía para mantener el control central.
Como he advertido en mis artículos sobre la sombra teocrática de Marruecos en España y sus acuerdos opacos con Moncloa, este régimen fusiona poder político y religioso bajo Mohamed VI, «Comendador de los Fieles», para legitimar la opresión. En el Rif, como en el Sáhara, Rabat exporta un modelo de control absoluto, sofocando disidencias y unificando lealtad por la fuerza. Los rifeños son ciudadanos de segunda clase. Marginados económicamente, discriminados culturalmente y reprimidos políticamente. Esta injusticia no es aislada; forma parte de un patrón expansionista que amenaza a España directamente. Los enclaves españoles de Ceuta y Melilla, sufren presiones similares y constantes, mientras Marruecos también dibuja su codicia por las Canarias por sus recursos submarinos.
Cualquier aspirante a gobernar España debe tener muy en cuenta las demandas del pueblo rifeño, así como el derecho de autodeterminación del pueblo saharaui. Ambos pueblos arrojan la realidad de lo que es capaz de hacer el régimen expansionista de Marruecos: invadir, reprimir y negar derechos para consolidar su poder. Ignorar el Rif es ignorar una lección vital, pues Marruecos no se detendrá en sus fronteras. España debe exigir transparencia en sus acuerdos con Rabat, denunciar todo tipo de violaciones en foros internacionales y apoyar la autodeterminación como principio inquebrantable. Solo así evitaremos que la opresión rifeña se convierta en el preludio de amenazas mayores a nuestra soberanía. En definitiva, España no puede mirar hacia otro lado ante la opresión en el Rif porque esta es la antesala de lo que Marruecos planea contra Ceuta y Melilla. La dignidad rifeña es la nuestra propia.
