Pueblos abandonados en Almería se quedaron sin vecinos

 

Calle en El Arteal 
Los cambios sociales y demográficos dejaron vacías algunas localidades almerienses, que hoy despiertan interés por su patrimonio.

La provincia de Almería, lejos de la capital y sus espectaculares costas, cuenta con varias localidades que quedaron despobladas debido a los cambios económicos y sociales, muchos de ellos vividos a lo largo del siglo XX. La despoblación rural, la emigración hacia las ciudades y la transformación de actividades como la minería o la agricultura dejaron numerosos núcleos sin habitantes. Hoy, estos lugares despiertan interés por su valor histórico, pero también por su potencial turístico. Descubre 10 pueblos abandonados en Almería que hoy puedes visitar.

Más de un tercio de los municipios almerienses cuentan con menos de 500 habitantes. Localidades como Alcudia de Monteagud, Alicún, Bacares o Velefique, en la sierra de los Filabres, o Paterna del Río y Rágol, en la Alpujarra, apenas consiguen retener a sus vecinos. La fuga de población afecta también a núcleos de interior como Las Tres Villas, Alcóntar o Alboloduy, donde cada año se pierden servicios y aumentan las viviendas vacías.

Mientras tanto, el crecimiento demográfico se concentra en tres polos principales —Almería, Roquetas de Mar y El Ejido— que ya suman el 55 % de los habitantes de la provincia. El contraste es tan marcado que el dinamismo del litoral parece acelerar el declive de las sierras y valles interiores, donde los ayuntamientos luchan contrarreloj por revertir la tendencia. Programas de empleo joven, promoción del turismo rural y planes de vivienda pública son algunas de las herramientas que se ponen en marcha para frenar la sangría.

A este panorama se suma un dato revelador: en Almería existen 68 núcleos prácticamente deshabitados y 22 municipios en riesgo alto de despoblación. Son lugares que han perdido casi toda su vida comunitaria y en los que apenas quedan algunos vecinos, si es que queda alguien. Cada uno de estos núcleos es un recordatorio del impacto real de la despoblación: calles vacías, escuelas cerradas y campos que se abandonan, una radiografía de lo que podría ser el futuro de buena parte del interior si no se actúa a tiempo.

Un camino sin retorno para los pueblos olvidados

La situación actual no es nueva en la historia de Almería. El fenómeno de la despoblación ya ha cobrado su precio en el pasado, dejando un rastro de pueblos fantasma. Hay numerosos núcleos que han quedado prácticamente deshabitados.

Hueli

Hueli, en el término municipal de Sorbas, es uno de esos pequeños asentamientos agrícolas que quedaron sin habitantes en el último tercio del siglo XX. Su economía giraba en torno al cultivo de olivos, almendros y cereal, en un entorno marcado por la aridez y la escasez de infraestructuras. 

La falta de servicios como escuela o asistencia sanitaria aceleró la salida de sus últimos vecinos. Con el paso del tiempo, las viviendas fueron deteriorándose hasta quedar en ruinas. Hoy apenas se conservan muros y algunas estructuras que recuerdan su pasado agrícola.


Hueli

Marchalico Viñicas

También en Sorbas se encuentra Marchalico Viñicas, un núcleo muy próximo a Hueli que compartió un destino similar. Sus habitantes vivían del cultivo de secano, principalmente trigo, cebada y almendros, complementado con pequeñas explotaciones ganaderas. 

La emigración hacia Cataluña y otras zonas industriales durante los años cincuenta y sesenta dejó el caserío prácticamente vacío. Hoy el visitante encuentra restos de viviendas dispersas y bancales abandonados.

Marchalico Viñicas

El Arteal

El Arteal, en Cuevas del Almanzora, nació vinculado a la actividad minera en plena etapa de autarquía franquista. Fue concebido como un poblado planificado para alojar a trabajadores y sus familias, llegando a contar con iglesia, escuela y otros servicios comunitarios.

Sin embargo, el cierre de las minas a finales de los años cincuenta provocó un rápido declive. Sin empleo que sostuviera a la población, las viviendas quedaron vacías y el núcleo perdió su función original. Actualmente se conservan parte de sus estructuras.

El Arteal 

Portocarrero

En el municipio de Gérgal, Portocarrero se asentaba en plena sierra de los Filabres. Sus vecinos combinaban el pastoreo con cultivos de subsistencia, en un entorno de inviernos fríos y comunicaciones difíciles. Las sequías y el aislamiento complicaban aún más la vida cotidiana.

A medida que avanzaba el siglo XX, las dificultades económicas y la falta de servicios empujaron a las familias a trasladarse a zonas con mayores oportunidades. Hoy muestra restos de construcciones tradicionales de piedra.

Portocarrero 

Las Morcillas

En Bacares, Las Morcillas se situaba en una ladera abrupta a gran altitud, lo que condicionaba por completo la vida de sus habitantes. La agricultura de cereal y la ganadería eran sus principales recursos, en un contexto de aislamiento y duros inviernos. 

El acceso a servicios básicos era limitado y las distancias hasta el municipio cabecera suponían largas caminatas. En las décadas de 1960 y 1970 la emigración fue constante, dispersando a sus vecinos hacia otros puntos de la provincia y fuera de Andalucía. 

Las Morcillas 

Mancheño

Mancheño, perteneciente a Vélez Blanco, fue un pequeño caserío de calles paralelas y viviendas construidas con materiales tradicionales. Su economía se basaba en el cereal, la ganadería y trabajos eventuales en fincas cercanas. 

La emigración se intensificó a partir de los años sesenta, dejando el núcleo prácticamente vacío en pocas décadas. Las nevadas y el aislamiento invernal marcaron algunos de sus últimos años habitados. 

Mancheño

El Higo Seco

También conocido como Cortijada del Hornillo, El Higo Seco se localiza en el término de Níjar. Durante su etapa habitada combinó actividades agrícolas adaptadas al entorno árido con pequeñas explotaciones mineras en las cercanías. 

Su ubicación, alejada de grandes vías de comunicación, condicionó su desarrollo hasta provocar su declive en la década de 1960, coincidiendo con la reorganización agrícola y la aparición de nuevos poblados de colonización como Campohermoso o Pueblo Blanco.

El Higo Seco

La Olapra

La Olapra, también en el municipio de Bacares, fue una cortijada con relevancia histórica documentada desde siglos atrás. Su población vivía principalmente de la agricultura y la ganadería, adaptadas a las condiciones de la sierra de los Filabres. Como en otros casos, la distancia a servicios esenciales complicaba la vida diaria.

Con el progresivo abandono del medio rural, las viviendas fueron quedando deshabitadas. Hoy el enclave conserva restos de edificaciones tradicionales que muestran la importancia que tuvo en su momento.

Sin duda, la cortijada más importante y con mayor tradición histórica del término municipal de Bacares fue La Olapra. Su presencia se documenta ya en protocolos notariales del siglo XVI, y más de dos siglos después, en 1752, el Catastro de Ensenada, a través de las llamadas Respuestas Particulares, proporciona un detallado inventario de las propiedades que los vecinos poseían en este singular enclave.


Gilma el Viejo

Hoy en el municipio de Nacimiento, Gilma el Viejo tiene un origen que se remonta a época medieval. Su economía se apoyaba en cultivos de olivos y almendros, además de pequeñas explotaciones ganaderas. El asentamiento llegó a contar con una veintena de construcciones.

Durante el siglo XIX sufrió daños importantes, lo que precipitó su abandono definitivo. En la actualidad pueden identificarse restos de muros, eras y antiguas edificaciones.

Gilma el Viejo

Rambla Ercina

Vinculada a la actividad minera, Rambla Ercina surgió como núcleo asociado a la extracción de hierro en la zona de Nacimiento. La presencia de trabajadores y sus familias dio lugar a la construcción de viviendas y algunos servicios básicos, configurando un pequeño asentamiento industrial.

Cuando la explotación dejó de ser rentable, la población comenzó a marcharse. Sin actividad económica que lo sostuviera, el núcleo quedó abandonado y pasó a integrarse en rutas de senderismo que recorren la zona.

Rambla Ercina

El Cortijuelo (Bacares)

El Cortijuelo surgió como colonia industrial minera, con transporte aéreo de mineral y movimientos sindicales destacados, como la huelga de 1923. Tras la decadencia de la minería, sus casas quedaron vacías y los ecos de la industria desaparecieron junto con sus habitantes.

Benalguaciles (Alcudia de Monteagud)

Benalguaciles, dividido en Altos y Bajos, fue arruinado ya en el siglo XIX. Sus vestigios, dispersos entre la vegetación, hablan de un pasado olvidado en la comarca de Alcudia de Monteagud, donde la vida se desvaneció entre muros derruidos y calles vacías.

Cuesta Roca (Senés)

Cuesta Roca, un núcleo árabe medieval del siglo XV, conserva casas y silos excavados en la roca, con inscripciones que recuerdan la presencia musulmana. Su historia se adentra en siglos de tradición, testigo silencioso de culturas que dejaron su huella en la piedra.

El Arteal (Cuevas del Almanzora)

El Arteal nació durante la autarquía franquista en 1944 para albergar a trabajadores mineros. Con 900 habitantes, contaba con iglesia, escuela, hospital, dos cines y hasta un equipo de fútbol, el MASA C.F. Sin embargo, el cierre de las explotaciones en 1958 dejó al pueblo vacío, un recuerdo de la vida minera que una vez llenó sus calles.

Gilma el Viejo (Nacimiento)

Gilma el Viejo, con raíces almohades desde el siglo IX, ofrecía agricultura, ganadería y una mezquita reconvertida en iglesia. Con solo unas 20 construcciones, eras y un molino de harina, el pueblo resistió hasta que un corrimiento de tierra y el paso del tiempo lo abandonaron definitivamente en el siglo XIX.

Iniza (Bayárcal / Paterna del Río)

Iniza fue despoblado tras la Rebelión de los moriscos en 1568. Conserva restos de una iglesia mudéjar y un castillo estratégico con aljibe, mientras que el título nobiliario de Marquesado de Iniza sigue vigente, un eco de la historia que aún permanece.

Inox (Níjar)

Fundado en época musulmana, Inox quedó vacío en 1569. Situado a 650 metros de altitud en la falda de Sierra Alhamilla, contaba con un castillo nazarí, una maqbara y una mezquita, que hoy solo pueden imaginarse entre las piedras dispersas por el terreno.

Rambla Encira (Nacimiento)

Rambla Encira surgió gracias a las minas de hierro, con escuela desde 1925. Cuando la explotación minera se detuvo, la emigración vació el pueblo, que hoy forma parte del Camino Mozárabe de Santiago y puede recorrerse como ruta de senderismo, entre restos de su historia industrial y social.

Tristanes (Níjar)

Por último, Tristanes, en la comarca de Níjar, fue víctima de la emigración y la falta de servicios. Sus viviendas tradicionales de piedra aún permanecen como testigos mudos de la vida que un día llenó sus calles.

Un inventario de la despoblación almeriense

La larga lista de núcleos que han desaparecido en Almería no se detiene aquí. Se han perdido otros 18 lugares, entre ellos: Benimima en Benizalón, Cabrera en Turre y El Corra en Adra. También han desaparecido El Cortijo Real en Las Tres Villas y El Higo Seco en Níjar. El mapa del abandono se extiende por la provincia, con casos como El Mojonar en Chirivel, Fuente del Pino en Zurgena y Jemezi en Tahal. La misma suerte corrieron Las Alcubillas Bajas en Alboloduy y la Estación de Ferrocarril de Abla, que perdió a sus habitantes con el fin de su actividad.

La lista de la despoblación se completa con Los Borregos en Albanchez, El Barrancón en Bacares y Los Guardianes en Lucainena de las Torres. En la misma situación están La Solana en Beires, Los Orives en Huércal-Overa y Medala en Tahal. Otros puntos históricos, como Mojácar la Vieja y Teresa en Turre, también han quedado en el olvido, marcando un total de 31 núcleos de población que se han perdido.

Otros municipios despoblados

Almería cuenta con numerosos núcleos despoblados que mantienen la memoria de épocas pasadas, cuando la vida rural estaba más activa. Entre ellos destacan Benimima en Benizalón, Cabrera en Turre, El Corra en Adra y El Cortijo Real en Las Tres Villas. Otros como El Higo Seco de Níjar, El Mojonar de Chirivel y Fuente del Pino de Zurgena muestran la transición de pueblos activos a asentamientos casi vacíos, mientras que Jemezi (Tahal) y Las Alcubillas Bajas en Alboloduy reflejan el abandono progresivo de los pequeños caseríos. La Estación de Ferrocarril de Abla, Los Borregos de Albanchez, El Barrancón de Bacares y Los Guardianes de Lucainena de las Torres son claros ejemplos de núcleos que, aunque despoblados, conservan edificaciones históricas y restos de la actividad agrícola que antaño sostuvieron a sus vecinos. La Solana de Beires, Los Orives de Huércal-Overa, Medala de Tahar, Mojácar la Vieja y Teresa en Turre completan esta lista de asentamientos que hoy apenas superan unos pocos habitantes o están totalmente deshabitados.

Núcleos en el límite

Dentro de estos despoblados, algunos mantienen aún una mínima población. Derde, en Vélez-Blanco, alberga siete habitantes alrededor de una ermita. El Almendral, en Gérgal, y El Barranco del Infierno, en Albanchez, conservan uno y ocho habitantes respectivamente. El Cantal en Chirivel y El Cañarico en Carboneras muestran poblaciones de siete y ocho personas y siguen habitados, mientras que El Haza de Riego en Las Tres Villas y El Marchal en Macael, con dos y seis habitantes, resisten a pesar de su aislamiento. El Palomar, en Fines, tiene nueve habitantes, y El Saltador, en Lucainena de las Torres, se encuentra en ruinas con cuatro personas. Fuente Santa, en Gérgal, conserva a un único habitante y mantiene su estructura original.

Otros núcleos con poca población incluyen Gibiley en Huércal-Overa, con siete habitantes, Gilma en Nacimiento, con cuatro, y Gurrías en Adra, también con cuatro. La Carrasca, en Albanchez, y La Estación, en Nacimiento, apenas un par, mientras que otra Estación, en Las Tres Villas, conserva siete habitantes. La Fuensanta, en Huércal-Overa, alberga cuatro personas y mantiene su ermita en buen estado, mientras que La Fuente del Tío Molina, en Albanchez, conserva ocho habitantes. La Garrofa, en Almería, y La Mojonera, en Bacares, tienen nueve y uno respectivamente, mostrando la diversidad de situaciones dentro de los núcleos despoblados.

Almería también cuenta con muchos núcleos que, aunque aún conservan habitantes, tienen poblaciones extremadamente bajas y podrían desaparecer en pocos años si no se revitalizan. La Piedra de Zahor, en Albanchez, tiene cuatro habitantes, La Rioja, en Cuevas del Almanzora, cinco, y La Serrata, en Carboneras, apenas dos. Las Adelfas, en Abla, y Las Hilarias, en Serón, conservan nueve y seis habitantes respectivamente, mientras que Las Menas, en Serón, mantiene seis. Las Tablas, en Gérgal, cuatro; Los Blánquez, en Alcóntar, menos de cinco; Los Calesas, en Albanchez, también menos de cinco; Los Domenes, en Alcóntar, seis; y Los Geas, en Serón, nueve.

Otros núcleos con poblaciones críticas incluyen Los Jarales, en Lubrín, un habitante, y Los Milanes, en Abla, dos. Los Monjos, en Abrucena, conserva dos habitantes; Los Moras, en Adra, seis; Los Morillas, en Albanchez, ocho; Los Olivillos, en Lucainena de las Torres, cinco; Los Martenses, en Serón, dos; y Los Moralicos, en Turre, dos. Los Oquendos, en Vélez-Rubio, seis; Los Pérez, en Adra, cuatro; Los Piletas, en Nacimiento, cuatro y en ruinas; Los Porteros, en Tíjola, dos; Los Ramos, en Sorbas, ocho; Los Risas, en Sorbas, dos; Los Rojas, en Nacimiento, seis; Los Sanchos, en Nacimiento, tres; y Los Torrentes, en Vélez-Rubio, siete.

Finalmente, Pedro García, en Huércal-Overa, conserva tres habitantes; Piedras Blancas, en Las Tres Villas, uno; Pilancón, en Alcóntar, cinco; Pozo del Lobo, en Tíjola, cuatro y en ruinas; Quijiliana, en Sorbas, siete; Santillana, en Las Tres Villas, dos; Tices, en Ohanes, cuatro alrededor de su ermita; y Venta Ratonera, en Fiñana, ocho. Estos núcleos muestran la vulnerabilidad de los pequeños asentamientos almerienses y cómo la despoblación rural sigue siendo un fenómeno activo en la provincia.


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