La espina del silencio
La espina del silencio se ha hincado en la carne hasta el punto de que el pus supura. En una situación así, solo hay dos opciones: cortar la infección de raíz o dejar que se extienda.
De aquellos polvos vienen estos lodos.
1987: la comisión que descubrió la verdad
En los años ochenta, cuando el Frente Polisario empezó a ganar fuerza en el terreno militar y a llevar a cabo numerosas operaciones exitosas, se abrieron negociaciones con Naciones Unidas. La ONU decidió enviar entonces una comisión para comprobar qué ocurría en los territorios ocupados y en qué condiciones vivía la población saharaui.
Hassan II, basándose en los informes de la inteligencia marroquí, estaba convencido de que había neutralizado por completo al Frente Polisario y de que este ya no tenía capacidad para atacar bases en la zona ocupada. Sin embargo, la realidad demostró lo contrario. Fue en ese contexto cuando se anunció la llegada de la comisión internacional.
En 1987, Hassan II decidió enviar una comisión falsa con 24 horas de antelación y la alojó en un hotel en el centro de El Aaiún, una maniobra similar a la empleada en 1974, cuando la ONU visitó el Sáhara Occidental y España envió previamente una delegación ficticia. El objetivo era provocar manifestaciones saharauis ante la falsa comisión y reprimirlas antes de la llegada de la auténtica. La población saharaui salió a protestar, portando banderas. El monarca había creído, según los informes de inteligencia, que la población de los territorios ocupados apoyaba la ocupación y se consideraba marroquí. En realidad, ese silencio se debía al miedo: temor a los encarcelamientos y a las represalias por hablar.
Cuando finalmente llegó la comisión de Naciones Unidas, se encontró con un nivel de pobreza tan extremo que incluso uno de los enviados reconoció que aquella población vivía en condiciones precarias, apenas subsistiendo con lo básico.
Lo ocurrido en El Aaiún sorprendió profundamente a Hassan II, quién ordenó un encarcelamiento masivo de jóvenes, chicos y chicas, de entre 17 y 24 años. Se produjeron cerca de 200 detenciones —o, más precisamente, secuestros— de saharauis.
1988: 4.000 al norte, 2.000 a la trampa
En 1988 Hassan II y el entonces Ministro del Interior, Driss Basri, diseñaron una nueva estrategia: desplazar a la juventud saharaui, fragmentarla territorialmente y convertirla en funcionariado lejos de su tierra, en el norte de Marruecos. Una forma silenciosa y eficaz de desactivar la conciencia política de toda una generación.
Quienes más reivindicaban y se mantenían firmes en la defensa de un Sáhara libre eran los jóvenes. Por ello, se decidió “contratar” a personas de entre 18 y 24 años: en total, algo más de 6.000. Muchos de ellos cursaban bachillerato; en algunos casos, incluso se les sacó directamente de las aulas para incorporarlos de forma forzosa al trabajo, con el pretexto de cubrir ciertas necesidades básicas de la población saharaui en la zona ocupada.
Quienes se negaron a ir fueron una minoría, pero aún así fueron obligadas a abandonar los institutos. En muchos casos, las autoridades entraban directamente en los centros educativos, llamaban al director y decían: «Este no tiene que seguir estudiando».
La creación de estos puestos de trabajo no respondía a una lógica económica, sino a una estrategia política. Al apartar a los jóvenes saharauis se les impedía continuar sus estudios. ¿Por qué beneficiaba esto a Marruecos? Porque esos jóvenes, si hubieran llegado a ser médicos, profesores, abogados o políticos, habrían supuesto un problema mayor en el futuro.
Esta lógica explica también por qué no se crearon universidades en los territorios ocupados: impedir que los jóvenes saharauis adquirieron la formación necesaria para articular políticamente sus reivindicaciones.
La creación de los ‘Ashbal de Hassan II’
Estos jóvenes se reunieron con Hassan II el 10 de junio de 1988, una fecha que fue proclamada como el “Día de la Juventud de Marruecos”. Ese mismo día se inauguraba un nuevo ayuntamiento en Casablanca, acto durante el cual Hassan II pronunció un discurso. Por motivos de seguridad, el monarca apareció por un lugar distinto al esperado, sorprendiendo a los asistentes.
Los primeros en ser enviados a Marruecos, pertenecían al grupo con el nivel educativo más alto, desde los primeros cursos del instituto hasta la universidad. Se trataba de un colectivo diferenciado, cerca de mil quinientos jóvenes. Un mes después se incorporó el grupo con un nivel medio y, un mes más tarde, aquellas personas que apenas contaban con formación básica.
A partir de entonces, Hassan II anunció que esos jóvenes serían repartidos por distintas zonas de Marruecos. En ese acto se declaró que todos esos jóvenes pasaban a ser funcionarios del Estado. Por ejemplo, unos 800 fueron destinados a Casablanca, alrededor de 400 a Rabat y unos 120 a Tánger. Así ocurrió en prácticamente todas las ciudades y ministerios del ocupante. Se evitaron deliberadamente los territorios ocupados. Solo se hicieron dos excepciones: Oujda y Figuig, ambas situadas cerca de la frontera con Argelia.
Unas 2.000 eran mujeres, quienes protestaron por ser alejadas de sus familias y finalmente fueron devueltas a los territorios ocupados para permanecer cerca de ellas.
Sin embargo, su regreso estuvo marcado por el engaño. Se les había prometido un puesto de trabajo con un buen salario, pero al llegar descubrieron que, aunque habían firmado un contrato, no existía ningún empleo real. En consecuencia, no recibieron un salario por trabajo alguno, sino una cantidad muy inferior. En dicho engaño tuvieron un importante papel Driss Basri, Ministro del Interior y Saleh Zemrag, Gobernador de El Aaiún hasta su muerte en 1993.
Zemrag, era conocido por su participación directa en detenciones y torturas. Supervisó personalmente centros de detención secreta como el Puesto de Mando de las Compañías Móviles de Intervención de El Aaiún, donde decenas de saharauis permanecieron desaparecidos durante años.
Lo que percibieron no fue un sueldo: una tarjeta de ayuda social otorgada por el régimen marroquí, la popular “cartilla”.
Los jóvenes que permanecieron en la zona ocupada fueron asignados a tres departamentos. El primero era el de fabricación tradicional; el segundo, denominado “Haidia”, vinculado a asociaciones sin ánimo de lucro destinadas a huérfanos; y el tercero, el departamento de juventud y deportes.
Vivir en el norte
Los jóvenes viajaron a finales de septiembre de 1988 y, a los tres meses, recibieron las indicaciones oficiales.
“Quien quisiera trabajar podía hacerlo y quién no, no pasaba nada. Ya teníamos vivienda gratuita y no pagamos ni la luz ni el agua. Para ellos, lo más importante era que nos quedáramos en el norte de Marruecos.”
El regreso de Omar Hadrami y la trampa del perdón
A pesar de todos estos beneficios económicos y de la separación deliberada de las zonas próximas a la frontera argelina, cien jóvenes lograron escapar hacia los campamentos de refugiados. Ante esta situación y el precedente de 1985, cuando 21 estudiantes saharauis huyeron a Ceuta, Marruecos se vio obligado a llevar a cabo una nueva maniobra en 1990, esta vez con un discurso diferente.
Las autoridades marroquíes intentaron actuar para que regresaran a los territorios. Para ello, llamaron al ministro del Interior y a los gobernadores saharauis. En aquella época se produjo la entrada de algunos saharauis, el principal Omar Hadrami, tras un discurso de Hassan II, en el que pronunció la frase: «La patria es indulgente y misericordiosa».
Se organizó una reunión en Rabat, la capital, que duró casi cinco días, con la presencia de Omar Hadrami, Mohamed Cheikh Biadillah, y varios ministros marroquíes. Estaban todos: ministros, gobernadores y responsables políticos, encabezados por Ben Hachem, entonces gobernador de la Administración Territorial del Sáhara y figura clave en la estructura de seguridad marroquí. Vinculado a las campañas de secuestros en El Aaiún de 1987 y a la supervisión de interrogatorios bajo tortura, fue procesado décadas después, el 9 de abril de 2015, por el juez Pablo Ruz en la Audiencia Nacional española, acusado de genocidio, torturas y más de 300 desapariciones forzadas en el Sáhara Occidental.
Al final hubo un nuevo discurso en el que se dijo: “El rey ha decidido que vais a volver para participar en el referéndum de autodeterminación. Vais a recibir todos vuestros sueldos y todos vuestros derechos, sin necesidad de ejercer ni hacer nada. Quien quiera volver puede hacerlo, pero no en este momento”.
La reunión, en realidad, fue breve. Se trató de un encuentro en el que querían saber cómo pensaba la juventud saharaui. Según ellos, el objetivo era conocer los problemas y preocupaciones. Hubo un par de discursos generales y poco más; no fue un espacio de diálogo real ni de escucha sincera. Tras los discursos, no se produjo un intercambio profundo con los jóvenes.
Este tipo de reuniones se han ido repitiendo a lo largo del tiempo. Es algo similar a lo ocurrido después del desalojo y desmantelamiento del campamento de Gdeim Izik. En la calle se difundió el rumor de que iban a liberar a los presos políticos, lo que llevó a mucha gente a asistir a una reunión que, al final, resultó ser un engaño.
En aquella ocasión, Hamdi Uld Errachid, el pequeño, presidente del Jea, propuso escribir una carta dirigida al rey para pedir la liberación de los presos. Sin embargo, todo fue una maniobra más para medir cómo pensaba la gente y conocer el estado de ánimo de la población.
Tras varios días de debate, Omar Hadrami, que acababa de llegar a Marruecos, daba consejos a los jóvenes. “Nos decía que debíamos estudiar, que era una oportunidad, que aún éramos jóvenes y funcionarios, y que teníamos que aprovechar la ocasión y volver cada uno a su casa para cuidar de nuestras familias. Pero nosotros, como jóvenes, no pensábamos en eso. El objetivo real de esta gente era integrarnos en Marruecos: que nos casáramos con mujeres del norte, entre otras cosas.”
Normalmente los salarios se gestionaban a través de los bancos, enviaron cartas a todas las entidades bancarias indicando que los saharauis, a quienes llamaban “los ashbal de Hassan II”, no debían cobrar sus nóminas por esa vía. En cada ciudad, cuando un joven trabajaba en Casablanca, por ejemplo, lo llamaban a la wilaya y tenía que esperar dos días con una lista: “¿Cómo te llamas? Firma aquí”.
¿Por qué no les dejaban cobrar el salario en el banco? Para controlarles, para impedir que pudieran viajar libremente. Si viajaban, tenían que anunciar a qué ciudad se dirigían. Era una forma de control directo.
Esta situación se mantuvo desde 1990 hasta el año 2000/2001. A partir de entonces, la política cambió ligeramente: quien quería recibir su salario a través de un banco debía abrir una cuenta bancaria, avisar al Ministro del Interior Marroquí y, a partir de ese momento, podía cobrar mediante el banco.
Cuando los saharauis fueron al norte, se notaba indignación en la sociedad civil marroquí; no les gustaba que los saharauis ocuparan sus puestos. A veces, en Casablanca, los jóvenes saharauis escuchaban la palabra “Polisario” y en ocasiones había conflictos. Durante casi dos años, vivieron enfrentamientos con marroquíes.
De esos 6000, entre 50 y 100 saharauis acabaron casados con marroquíes, una minoría. Una muestra del fracaso político de la asimilación.
Cobrar para callar: el sistema de la cartilla
En Marruecos no existe la cartilla. Solo en el Sáhara. Cuando un saharaui reivindica un derecho, le cortan la cartilla, a él, o a su familiar. Es muy fácil de retirar cuando las autoridades lo desean.
De esa forma mantienen controladas a miles de familias. Se cobra en mano en la oficina al lado del jardín y la biblioteca en El Aaiún. Se debe firmar para constatar que se ha recibido. En el documento aparece también la firma del coronel del Ministerio del Interior.
Esta medida no fue aislada, sino el resultado de decisiones tomadas por varias instancias del régimen. Durante los últimos 37 años han estado recibiendo la cartilla.
Cada mes, el día 25, firman en la oficina para recibir los salarios a través del Inacha watani. Solo firman; no tienen ningún otro comprobante. En cambio, los funcionarios, cuentan con certificados de salario y certificados de trabajo, y pueden obtener cualquier documento oficial como funcionarios marroquíes. Al llegar a los 60 años, pueden acceder a la jubilación.
Los de la cartilla, en cambio, reciben un salario de 250 euros mediante la cartilla: no tienen tarjeta sanitaria ni ningún otro derecho. En 1982 se cobraban unos 60 euros; en 1990, unos 110 euros. Actualmente, la cartilla da un salario de 250 euros.
Cuando no se acude a recoger la cartilla, el dinero correspondiente se va acumulando; sin embargo, si pasa demasiado tiempo sin reclamarlo, la persona encargada de repartirlo se queda con esa cantidad.
Esta cartilla incluso se compra y se vende entre personas, llegando a venderse por 8.000 euros. Primero solo cobraban cartilla los saharauis, ahora también cobran algunos marroquíes.
La posibilidad de transferir la cartilla depende de la influencia de cada uno. Si se tiene una familia que colabora con Marruecos, pueden dividir una cartilla entre dos. Si se es muy promarroquí, se puede recibir íntegra.
La mitad de las mujeres no tienen el justificante de la firma del Ministerio del Interior que sí tienen los funcionarios. Ellas, en cambio, cobran directamente a través del Inacha watani.
Este sistema también lo aprovechan algunas personas, por ejemplo: Hamdi Uld Rachid tiene entre siete y ocho trabajadores en su casa, todos cobrando mediante cartilla. Los pro marroquíes suelen tener entre 10 y 20 beneficiarios cada uno. Durante 7 u 8 años, la persona encargada de este tipo de salarios fue Omar Hadrami.
En El Aaiún, quien tiene autoridad sobre este sistema es un comandante militar. El responsable del Inacha watani se encarga principalmente de la limpieza; los trabajadores asignados desempeñan tareas de limpieza. Durante la entrada de Marruecos, la mayoría de quienes trabajaban en estos puestos eran nativos, es decir, saharauis.
Durante Gdeim Izik se produjeron algunas retiradas de cartilla. A veces quitan la cartilla y luego se la devuelven. La mayoría de los que la recuperan lo hacen bajo la condición de firmar un compromiso de no volver a participar en actividades políticas.
Todo depende de la persona: estudian su comportamiento, si es ignorante, militante o activista, y sus relaciones. Dependiendo de eso se considera suficiente con no participar en protestas prosaharauis o se espera una actitud activa de lealtad, por ejemplo asistir a eventos pro marroquíes.
De la cartilla al chivatazo: la nueva estrategia
La política para la ocupación del Sáhara Occidental cambió desde los acontecimientos de Gdeim Izik. La mayoría de los que ingresan al sistema ya no lo hacen simplemente con la cartilla. La ocupación marroquí ha comenzado a buscar jóvenes para trabajar como agentes de autoridad, como auxiliares encargados de recopilar información. Estos jóvenes toman café, conocen a muchas personas y envían datos a las autoridades.
Cuanta más información traen, más dinero o terrenos reciben. Buscan principalmente a nativos, más que a los norteños, porque a estos últimos “se les ve venir”.
El saharaui conoce tu tribu y a sus familiares; sabe, por ejemplo, cuándo se celebra un bautizo, una boda o a dónde invitas a la familia.
El fracaso de la asimilación
“Estoy seguro de que la mayoría de los ashbal votarían la independencia. Te voy a decir algo: si mañana a Hamdi Uld Rachid le quitan sus intereses, será el primero en unirse al Polisario. Los que están con Marruecos lo hacen únicamente por intereses, y Marruecos lo sabe.”
En los territorios ocupados, el sistema de los ashbal y las cartillas se ha ido imponiendo desde hace casi cuatro décadas.
Hay algo aún más grave que la ocupación de la tierra: el intento de ocupación de las mentes. Hassan II le dijo en su día a Bachir Mustafa Sayed que había logrado ocupar la tierra, pero no los corazones de los saharauis. Ese intento continúa hasta hoy. Sin embargo, la resistencia, aunque mermada, no ha desaparecido.
En 1987 Hassan II creyó que la resistencia había muerto. Desde entonces, el ocupante ha aprendido a no subestimar la capacidad de movilización saharaui, pero aun así ha sufrido sorpresas. Por eso la vigilancia, aunque no infalible, es hoy férrea.
Héctor Bujari Santorum
