La agresividad verbal de Patxi López y los insultos de Óscar Puente contra la prensa crítica retratan a un Gobierno que ha sustituido la autoridad institucional por el "matonismo" y el refugio en el periodismo "hombre-masa".
MADRID – La política española ha cruzado una frontera de no retorno donde la ordinariez se ha convertido en el lenguaje oficial. Lo que antes era un espacio de respeto institucional se ha transformado en un lodazal donde ministros y portavoces exhiben un preocupante "gatillo al pelo" contra cualquier voz disidente, mientras mantienen una docilidad asombrosa ante quienes desafían al Estado.
Patxi López: Furia selectiva y olvido conveniente
El reciente episodio de Patxi López en el Congreso es el ejemplo perfecto de esta doble vara de medir. El portavoz socialista ha demostrado tener el gatillo al pelo para disparar insultos personales contra periodistas como Vito Quiles. Al ser cuestionado por los pactos con Bildu y la excarcelación de etarras como 'Anboto', López perdió los papeles, abandonó el atril y le llamó "basura" ante la mirada de sus colegas.
Resulta desolador que López reserve su mayor agresividad para quien le recuerda el asesinato de sus propios compañeros de partido. Mientras se encara con un periodista, mantiene una mansedumbre imperturbable ante los herederos políticos de quienes apretaron el gatillo real contra sus amigos. Para los verdugos, diálogo; para el que pregunta por ellos, el insulto.
Óscar Puente: El ministro del "Saco de Mierda"
A esta falta de categoría se suma con entusiasmo el ministro de Transportes, Óscar Puente, quien ha elevado la ordinariez a categoría de gestión pública. Puente, lejos de mantener la clase que se le presupone a un ministro del Reino de España, ha utilizado sus redes sociales para proferir insultos de una bajeza inédita, llegando a llamar a un comunicador "saco de mierda" y amenazarle personalmente con que lo "pagaría caro".
Esta actitud, más propia de un "matón de barrio" que de un servidor público, confirma que el actual Ejecutivo ha renunciado a la elegancia institucional. La respuesta del ministro ante la crítica no es la transparencia, sino la descalificación tabernaria, buscando amedrentar a quien se atreve a fiscalizar su labor.
El refugio en el "Hombre-Masa"
Este comportamiento no sería posible sin el coro que lo jalalea. Como advertía Ortega y Gasset, el poder se apoya hoy en el "hombre-masa" del periodismo: profesionales que han renunciado a su espíritu crítico para convertirse en una barrera de contención del Gobierno.
Prensa de escolta: Muchos periodistas presentes en las salas de prensa no actúan como contrapeso, sino como escuderos. Ríen los insultos de López y aplauden las salidas de tono de Puente, creando un ecosistema donde la ordinariez se premia y la verdad se persigue.
Gregarismo institucional: El "periodista-masa" no busca fiscalizar el poder, sino pertenecer a la tribu dominante. Si la víctima del insulto ministerial no es de su agrado ideológico, el atropello se ignora o se justifica como "autenticidad".
Conclusión: El fin de la categoría política
España asiste al ocaso de los políticos con clase. Tenemos portavoces y ministros con el gatillo al pelo contra la prensa, pero con el seguro puesto ante los herederos del terror. Cuando la ordinariez se convierte en norma y el periodismo se disuelve en el gregarismo, lo que queda es un desierto de principios donde el insulto es el único argumento que le queda al poder.
Albarisimo

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