Ceuta y Melilla: cómo las amenazas externas cuestionan nuestra soberanía

 

Estas campañas, a menudo agresivas, promueven narrativas que distorsionan la historia, como la idea de un Marruecos unificado antes del siglo XX, cuando en realidad era un sultanato fragmentado sin las estructuras estatales modernas hasta el protectorado de 1912. Tales afirmaciones no solo ignoran hechos históricos, sino que forman parte de un patrón más amplio de presiones expansionistas que merecen una respuesta firme en defensa de la soberanía española.
Por ejemplo, publicaciones recientes insisten en que «Ceuta y Melilla son marroquíes cientos de años antes de que existiera vuestro país». Otras, en respuestas directas a debates sobre nuestra soberanía, cuestionan el estatus español preguntando a los residentes —de Ceuta y Melilla— si prefieren la ciudadanía marroquí. Estas manifestaciones no son aisladas, son ejemplos del calor de las discusiones que emergen cuando figuras de cierta relevancia ponen en duda de forma interesada la españolidad de las Ciudades Autónomas.
Se trata de reivindicaciones que representan un continuum de desafíos externos, respaldados por actores internacionales que priorizan sus intereses estratégicos sobre el derecho histórico. Si retrocedemos unos años, ya en 2019 desde Israel se publicaron mapas y declaraciones que instaban a «liberar» Ceuta y Melilla como tierras árabes ocupadas, lo cual se enmarca en un contexto de alianzas geopolíticas. De manera similar, en 2023, se reconoció la soberanía marroquí sobre el Sáhara Occidental, un territorio del cual España sigue siendo potencia administradora.
Más recientemente, en este mismo mes de marzo, un análisis influyente de un ex alto cargo del Pentágono, Michael Rubin, propuso reconocer estas plazas como territorio marroquí ocupado, como represalia por ciertas posturas diplomáticas españolas. En su artículo, Rubin argumenta que España mantiene «enclaves coloniales» en África mientras critica a otros por acciones similares, instando a líderes estadounidenses a corregir este «error histórico». Este patrón ilustra un tridente geopolítico, donde Marruecos actúa como actor expansionista, respaldado por apoyos israelíes y estadounidenses, que socavan nuestros intereses soberanos españoles de manera antagónica.
Adicionalmente, voces como la de un pastor evangelista marroquí, destacada en debates recientes en redes, refuerzan estas narrativas al promover reivindicaciones sobre las plazas desde perspectivas culturales y religiosas, integrándose en campañas que buscan legitimar presiones sobre la soberanía española.
Ceuta ha estado bajo soberanía española desde 1415, inicialmente conquistada por Portugal y cedida a España en 1668 a través del Tratado de Lisboa, mientras que Melilla lo ha sido desde 1497, tras la conquista por parte de los Reyes Católicos. Estos territorios predatan al Marruecos moderno, que obtuvo su independencia en 1956 tras periodos de protectorado francés y español. Tratados como el de Wad-Ras de 1860 confirman explícitamente esta soberanía, donde el sultán Mohammed IV, a través de sus representantes (Muley-el-Abbas, Califa del Imperio de Marruecos y Príncipe del Algarbe), reconoció los límites y expansiones de estas plazas, estableciendo fronteras claras que han sido respetadas en contextos internacionales.
Ceuta en la segunda mitad del siglo XVI. 

No se trata de colonias, ya que no figuran en la lista de territorios no autónomos de la ONU; son partes integrales de España, con poblaciones que participan en el sistema democrático español, votan en elecciones nacionales y mantienen una identidad cultural ligada a la nación europea.
Esto contrasta con el Sáhara Occidental, que permanece como un territorio no descolonizado según resoluciones de la ONU, ocupado por Marruecos desde 1975 tras la retirada española. Reconocimientos externos, como el de Estados Unidos en 2020 y el de Israel en 2023, responden a conveniencias estratégicas, como los Acuerdos de Abraham para normalizaciones diplomáticas, pero ignoran el marco legal histórico y las obligaciones de descolonización.
Los eventos recientes, como las campañas en redes y las presiones migratorias, ejemplifican esta agresividad y requieren una disección detallada. En 2021, se registró un episodio de chantaje migratorio en Ceuta, donde miles de inmigrantes ilegales cruzaron la frontera, coincidiendo con tensiones diplomáticas que pusieron a prueba la capacidad de respuesta de España.
Ese mismo año, incidentes de espionaje con software como Pegasus afectaron a altos funcionarios españoles, vinculados a contextos similares de presión geopolítica. Estas tácticas, que incluyen megaproyectos económicos que asfixian las plazas de soberanía española o declaraciones sobre una «recuperación» inevitable, no son casuales. Educativamente, es crucial reconocer que tales acciones distorsionan la historia para justificar el expansionismo, disfrazado de anticolonialismo, mientras se ignora el contexto real.
En el plano geopolítico, este tridente opera con claridad. Este tipo de operaciones no casuales, chocan directamente con nuestra soberanía, favoreciendo que emerjan amenazas contra nuestra integridad territorial. La propuesta de Rubin, por ejemplo, no sólo insta a un reconocimiento formal, sino que lo enmarca como una corrección histórica, ignorando que Ceuta y Melilla han sido españolas durante siglos y que su estatus no equivale a ocupaciones modernas. Del mismo modo, voces como la del pastor evangelista marroquí integran dimensiones culturales, ampliando el alcance de estas presiones.
Para ilustrar cómo defenderse de tales desafíos, consideremos un evento histórico como el que tuvo lugar en 1982, cuando Argentina reivindicó e invadió las Islas Malvinas, un territorio británico desde el siglo XIX. Reino Unido respondió con una defensa contundente, recuperando las islas mediante una operación militar decisiva, reafirmando su soberanía y estableciendo precedentes diplomáticos firmes ante agresiones externas.
Esta respuesta no sólo preservó el territorio, sino que educó sobre la importancia de la unidad y la firmeza ante reclamaciones infundadas, un modelo aplicable para España que podría involucrar refuerzos militares, diplomacia multilateral determinante y por qué no, campañas educativas internas.
La respuesta interna a estos desafíos debe ser igualmente determinante. Minimizarlos con enfoques de «diálogo» sin límites claros o priorizar «buena vecindad» sobre la defensa soberana equivale a debilidad. Tanto el gobierno como la oposición y los medios principales deben criticar inequívocamente tales presiones y promover acciones concretas. Reforzar fronteras con tecnología avanzada, fortalecer alianzas geopolíticas para contrarrestar influencias externas y campañas diplomáticas en foros internacionales para reafirmar el estatus histórico.
Educar a la ciudadanía sobre estos hechos históricos fortalece la cohesión nacional, recordando que callar ante amenazas es una forma de erosión pasiva. Además, ante voces como la de Rubin o el pastor evangelista, es vital destacar cómo tales intervenciones sirven a agendas ajenas, promoviendo una narrativa que priorice hechos sobre propaganda.
Ceuta y Melilla no se negocian, se defienden. Son pilares de la soberanía española, testigos de siglos de historia que predatan muchas naciones modernas. Defenderlas con determinación, explicando detalladamente el porqué de su estatus y desmontando distorsiones, no es acto de confrontación, sino de preservación esencial. Ante este tridente y sus voces externas, la unidad y la firmeza son imperativas para salvaguardar el legado nacional, asegurando que futuras generaciones comprendan y protejan nuestros baluartes.
Rubén Pulido















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